Doscientos Años (AGUSTÍN PALOMAR)

http://www.clubdelaconstitucion.com/palomar
“A constitution is not the act of goverment but of a people constituting a goverment”

T. Paine
Doscientos años no son casi nada y, sin embargo, para nosotros lo han sido todo. Doscientos años desde que las Cortes de Cádiz aprobaran una Constitución en aquel memorable mes de marzo. Doscientos años desde que aquel decálogo fundamental del liberalismo español -cada uno de los diez títulos de aquella Constitución podrían tomarse como puntos de un decálogo- fijara el inicio de nuestra historia constitucional. Sabemos que sus desafortunados avatares ayudaron a darle categoría de símbolo con el devenir de los años: suprimida en 1814 y proclamada de nuevo en la Revolución liberal de 1920, vuelta a suprimir en 1823, cuando Fernando VII restauró de nuevo su soberanía con la ayuda de los Cien Mil Hijos de San Luis, y vuelta a reponer en la llamada La sargentada de la La Granja.
Doscientos años de aquella proclamación, y en tan breve espacio de tiempo histórico nos has pasado todo lo que a un país puede pasarle: la vuelta a la monarquía absoluta de quienes vivieron bajo la condición de ciudadanos, el intento de fuerzas políticas, tanto progresistas como moderadas, para derrocar el Antiguo Régimen, la lucha de quienes se opusieron a la vuelta del absolutismo en las guerras civiles carlistas defendiendo el principio liberal de la igualdad de todos ante la ley frente a los que defendían los privilegios forales, la instauración de una república cuando no había republicanos ni tampoco una verdadera tradición de pensamiento republicano -recuérdese que para el republicanismo, la administración de la res publica, tiene más que ver con la forma de Estado que con quien sea el jefe del Estado-, los primeros intentos de vivir en una democracia cuando instituciones del Estado no habían asumido todavía que la soberanía de la ley también regía para ellas, golpes militares para restaurar una monarquía que se veía amenazada por los nuevos tiempos y, gravitando, todavía sobre experiencia política actual, el fracaso de las esperanzas regeneracionistas que se pusieron en marcha en una segunda república, la incruenta guerra civil, y una dictadura que siendo ya historia sigue estando demasiado presente entre nosotros.
Dos cientos años no son casi nada pero en ellos hemos tenido toda suerte de experiencias políticas, experiencias que tienen el sabor del fracaso a la luz del espacio político que quiso alumbrarse con aquella Constitución. Pero nada muestra más el fracaso del constitucionalismo español que nuestra dificultad para comprender que la validez de una Constitución en sus aspectos centrales tendría que superar los obstáculos del tiempo: en nuestra historia los derechos políticos que define una Constitución no han podido prevalecer ni prosperar sobre los viejos derechos particulares, bien sea al cobijo que estos han tenido en los nacionalismos, bien en los intereses caciquiles que hoy perviven en cierta clase política. Las fuerzas reaccionarias han tenido en nuestra historia reciente demasiado peso para que los españoles pudiéramos darnos una ley fundamental que traspasara los viejos apegos a los particularismos, y, de este modo, poder abrir con firmeza la creación de un marco de seguridad política, no sólo eficaz para el desarrollo económico sino sobre todo para preservar a los ciudadanos de los abusos de poder del propio Estado. Nuestra vigente Constitución parecía que finalmente ponía tierra de por medio en ese convulso pasado y que recogía aquel testigo de un Estado liberal que los diputados de Cádiz, en el contexto de su época, se atrevieron a diseñar ex novo. No tuvo que ser fácil declarar la libertad de expresión, la abolición definitiva de la Inquisición, el reconocimiento del Estado como el único con legitimidad fiscal, la desaparición de señoríos y mayorazgos, etcétera.
No tuvo que ser fácil pero se dijo y se proclamó. Y pudo hacerse porque aquellos políticos -nuestros founding fathers- en aquel convulso momento tuvieron la certeza, bajo las ideas ilustradas, de que la soberanía ya no podía estar en reyes como Carlos IV y Fernando VII y, que, por tanto, la depositaria de la soberanía habría de ser la nación. Pero la nación no entendida como un conjunto de rasgos que definen la identidad de un grupo sino como el conjunto de los que están reunidos bajo una misma ley. Sospecho que para aquellos artífices de nuestro primer texto constitucional oteaba la idea de que la verdadera identidad de un pueblo no viene dada por rasgos más o menos estereotipados de la cultura, ni no por la religión, ni por la lengua sino principalmente, esto es, por principio, por la capacidad de darse a sí mismo -acentuar aquí la reflexividad de los pronombres es importante- una ley que al tiempo que obligara, protegiese; y sospecho también que sobre sus cabezas pendía otra idea que seguramente se visibilizó en la Guerra de la Independencia: si una parte de España quedara a manos del ejército francés, entonces se frustraría el intento de dar unidad al Estado español. Me gusta pensar que los liberales de entonces llevaron al terreno político y jurídico esta misma idea: si el Estado liberal cedía algunos de sus territorios al absolutismo, entonces ya no sería posible la construcción de un Estado liberal. La soberanía exige exclusividad. Por esta razón sospecho que tuvieron claro que el concepto de nación tendría que ser político/jurídico y no antropológico.
El pasado Lunes día cinco nuestro Club organizó para celebrar el día de la Constitución una lectura conjunta de artículos de la Constitución del 1812 y de la Constitución de 1978. Se leyeron al azar dando preferencia a los gustos de los participantes. En ese collage se mezclaron ideas, principios y valores pertenecientes a ambas Constituciones. De camino a casa, en aquella fría noche, más fría cuando mis ojos se detuvieron en el brillo de las espadas de los nacionalismos que penden sobre nuestras cabezas, más afiladas tras las últimas elecciones autonómicas, pensaba yo qué manera los particularismos están poniendo en serio peligro la unidad nacional, es decir, la unidad de sabernos unidos por la ley que nos hace iguales al tiempo que garantiza nuestras libertades. Tal ley, ahora como entonces, columna de nuestras instituciones políticas, no puede ser sino la Constitución. La tremenda historia que hemos sufrido en estos años por no poner en valor de forma duradera los principios constitucionales debería ser nuestra mejor espuela para aguijonear los abultados vientres de esos particularismos que no sentirán hartazgo hasta contemplar moribundo el que cuerpo político al que ellos perteneciendo no quieren ver. Doscientos años tendrían que ser suficientes para comprender que el no respetar la ley fundamental se ha pagado con demasiados desaciertos, desacuerdos y conflictos, algunos de los cuales quisimos cerrarlos con sangre civil. Galdós, quien tan bien conoció ese primer capítulo de nuestra historia contemporánea marcada por la división ideológica, llamó a esa España que se enfrentó a sí misma en las Guerras carlistas ”la tierra del martirio español”. En el respeto, defensa y cumplimiento de nuestra Constitución, sin falsas argucias para descomponerla por intereses particulares, está que aquel martirio no vuelva, en un nuevo y viejo problema político, a helar trágicamente la tierra que ahora compartimos. Doscientos años no son casi nada pero para nosotros tendrían que haberlo sido ya casi todo.
(Escrito de un gran amigo)
LOTERIA

Acerca de Macascabel-Mari Angustias

Soy una persona alegre ,optimista, AMIGA,y sobre todo SINCERA. ------♥♥------Hola.. ----♥♥-♥♥----Por ... Cita favorita "Vivir y saber vivir es vivir dos veces."
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